40 años conviviendo con el sida

40 años conviviendo con el sida

Era el 5 de junio de 1981 cuando los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos publicaron un breve informe sobre cinco casos de una extraña neumonía en hombres jóvenes de la ciudad de Los Ángeles, California. El cuadro era inusual porque continuaban infecciones como la pneumocistis, el citomegalovirus y la candidiasis en la boca, que eran problemas que usualmente no se veían en personas como éstas: todos jóvenes de entre 29 y 36 años de edad, previamente sanos.

Pero además de que el cuadro se repetía (no habría sido noticia si hubiera sido un caso aislado), había otra característica: todos decían mantener relaciones sexuales con otros hombres. Hay que recordar que apenas 12 años antes, los llamados disturbios de Stonewall habían marcado el inicio del movimiento de liberación homosexual en Estados Unidos, por lo que no era extraño que estas personas reconocieran su orientación sexual.

El reporte pasó casi inadvertido para la mayoría de la comunidad médica, excepto para aquellos que empezaron a recibir en sus consultorios a más varones con los mismos padecimientos, ahora en las ciudades de San Francisco y Nueva York. Los casos se comenzaron a multiplicar exponencialmente, y en cuestión de meses el problema se volvió imposible de ignorar.

Las noticias comenzaron a esparcirse y pronto hubo que darle un nombre al problema. Inicialmente, la condición fue llamada Inmunodeficiencia Relacionada con los Gays, lo cual creó un prejuicio inmediato sobre esta población. En aquel momento, siendo presidente el republicano Ronald Reagan, no había espacio para hablar de nada que tuviera que ver con homosexuales.

Un síndrome desconocido

La complejidad de la enfermedad y la rapidez con la que acababa con la vida de quienes la contraen despertó la curiosidad científica de muchos, pero la voluntad política de casi nadie. La investigación médica requiere financiamiento, y algunos científicos del CDC se encontraron con múltiples obstáculos para echar a andar estudios que revelan lo que estaba sucediendo.

A paso lento se descubrió que era un síndrome, el cual agrupaba enfermedades que de otra forma nunca aparecían juntas, y que combinaban características de afecciones agudas y crónicas. Fue esto lo que, de acuerdo con científicos del CDC que vivieron en carne propia el nacimiento de esta pandemia, contribuyó para asegurar que fuera muy diversa y de larga duración.

Fue hasta 1983 que un equipo del Instituto Pasteur, en Francia, liderado por la viróloga Françoise Barré-Sinoussi y su colega Luc Montagnier, aisló el microorganismo causante del cuadro: el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Así, luego de haber pasado por sobrenombres como el “cáncer rosa” o la “peste gay”, se sustentó el nombre oficial del síndrome de inmunodeficiencia adquirida o sida.

Se comprendió que el virus destruye el sistema inmunológico de una persona, por lo que todas las enfermedades que conforman el síndrome (llamadas enfermedades oportunistas) pueden llegar y atacar sin encontrar resistencia. 

Y así comenzó también la carrera por encontrar un tratamiento capaz de detener la infección, meta que no fue alcanzada sino hasta 1996, con el anuncio de la terapia antirretroviral altamente activa, creada por el médico taiwanés David Ho.

El virus que llegó para quedarse

Mucho fue lo que se cimbró con la aparición del VIH y el sida. En primer lugar, las estructuras sociales. Al observar, con el tiempo, que el virus no sólo afectaba a hombres homosexuales y al comprender sus vías de transmisión, el mundo tuvo que empezar a hablar de temas “incómodos”, como la sexualidad, el uso de drogas inyectables y la venta de derivados de la sangre.

Sí, se infectaron personas que tenían prácticas condenadas por la sociedad, pero también aquellas que vendían o recibían transfusiones de sangre, un negocio mundial que a raíz de esta pandemia tuvo que eliminarse para tratar de frenar la transmisión por esta vía.

Todos estos factores contribuyeron a que el VIH se extendiera en todo el mundo, en todas las edades y todas las identidades, y desde entonces los esfuerzos científicos han avanzado a paso lento para descubrir, primero, el tratamiento más efectivo, y después, buscar incansablemente una vacuna que, hasta hoy, no se ha conseguido.

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